Hubo una vez, un matrimonio que vivía feliz y tranquilo, hasta que por una de esas vueltas del destino, recibió un perro. Nunca habían tenido uno y sin embargo aceptaron tenerlo y criarlo lo mejor posible, dentro de sus posibilidades. Al comienzo todo fue una novedad en la casa, y el matrimonio se sentía feliz con el animal, a quien prestaban todas las atenciones, a pesar de que en la pareja había cierto recelo para con el nuevo integrante del hogar. Un recelo oscuro que se mantenía en secreto y del cual nunca se hablaba. Pero, muy en su interior, ambos pensaban que esta mascota, solo vendría a estropear todo lo que ambos habían construido hasta el momento. Su mundo perfecto se veía amenazado. Con el paso de los años, el perro creció y ya no era tan bienvenido en el seno familiar como lo había sido en un principio. De hecho, se estaba convirtiendo en una molestia para el matrimonio. Incluso en algunas oportunidades, el marido hasta sentía celos del animal y le molestaba que su esposa pasara demasiado tiempo con el perro. Sin embargo, a la pareja le interesaba mucho la opinión de la gente y por ende, no se podían dar el lujo de deshacerse del él. Así que asumieron lo que había sido motivo de alegría en algún momento, como un obligación impuesta de la que no podían deshacerse. Junto con esta molestia por parte de sus dueños, el perro demostraba día a día, claros signos de inteligencia que lo diferenciaban del resto de los perros, aunque muchas veces, esto se opacaba con el hecho de que también mostraba claros signos de rebeldía y desobediencia. Y como suele pasar, sobresalen más las malas conductas que las buenas, aunque las buenas tengan mucho más valor. El matrimonio muchas veces lo castigaba en diversas formas. A veces, lo ataban en el patio del fondo, otras lo golpeaban, le gritaban o lo dejaban sin comer. En fin, los castigos iban variando, en función de las conductas del perro y con el claro objetivo de corregir su mala conducta y moldearla al gusto de un matrimonio respetado por el resto de la sociedad civilizada. No se podía permitir bajo ningún punto de vista que la gente hablara mal de su perro, o mejor dicho, de la educación que ellos la habían impartido. Todo esto iba siempre acompañado de un discurso que se repetían mutuamente para auto convencerse, de que no les importaba la opinión de los demás. Apenas el perro había alcanzado la edad necesaria, dejó preñada a una perrita del barrio, cuyos dueños se encolerizaron y fueron a increpar directamente a los dueños de nuestro perro, por no haberlo tenido atado o haberlo castrado. Los dueños del futuro padre estaban desilusionados por completo de su mascota y además, lo castigaron de todas las maneras posibles. Y prácticamente, lo condenaron al abandono y al olvido. Ahora sí, el perro era una gran molestia en la casa. Los dueños de la perrita exigieron al matrimonio que se hicieran cargo de las crías, para lo cual llevaron a la perrita a la casa donde se encontraba nuestro protagonista hasta que ella pariera. Pero el amor entre los animales había sido tan fugaz como el destello de un relámpago, así que ya el primer día comenzaron a pelearse. A veces se proferían heridas muy profundas. Ni bien hubieron nacido las crías, los dueños de la perrita la reclamaron y se la llevaron junto con los cachorros, contradiciendo todo lo que habían dicho con respecto a quien iba a hacerse cargo de las mismas. Y los dueños del perro, no hacían más que lamentarse, por los problemas que les traía ese maldito animal, que nunca debieron haber aceptado. Ya no lo soportaban. El pobre condenado pasaba las horas sólo, atado en el patio del fondo, a veces, hasta sin comida. Y por supuesto, todas esas caricias y mimos que algún día le hubieran dado sus amos, habían desaparecido completamente. En ocasiones, pasaban semanas enteras sin que ninguno se acercara a él para ver cómo estaba y ya ni siquiera se preocupaban por su salud. Sin embargo, el pobre animal tenía una fuerza especial, y su salud no se deterioraba, aunque si sus sentimientos y la manera en que miraba a los humanos, principalmente a los que lo rodeaban. En su pobre cabeza, no podía llegar a entender por completo la conducta de sus amos, pero su amor por ellos no menguaba. Por lo general, siempre había sido muy cariñoso con el resto de la familia y con la gente que solía frecuentar la casa. Pero en los últimos tiempos, se había tornado un poco agresivo con las visitas, ya fuera por los castigos, la cadena alrededor de su cuello o la indiferencia de sus amos. Todos empezaron a tildarlo de arisco y gruñón. Incluso los sobrinos del matrimonio, que habían crecido a la par del perro, se habían alejado de él. Si se le acercaban era para darle un golpe o tirarle una palangana de agua. Por parte de sus dueños, se había convertido en un títere, que debía hacer su voluntad o ellos lo castigaban dejándolo sin comer. Era víctima de sus caprichos y malos humores, si el matrimonio discutía, el perro debía fingir que no existía y ante el primer signo de su presencia era reprimido duramente. Así pasaban los días del pobrecito, en una soledad absoluta en la que no recibía el cariño de nadie. Ya no meneaba la cola y al parecer, todo era indiferente para él. Atrás habían quedado aquellos días en que corría la pelota que le lanzaba el amo o los paseos por el barrio. Pero a pesar de todo este sufrimiento, el perro no guardaba rencor hacia sus amos, una pequeña luz de esperanza, aun se mantenía en lo profundo de su corazón. Todo esto era en vano, ya que las muestras afecto jamás llegaban, solo más indiferencias y algún regaño cuando, al acercarse alguno de sus dueños, el perro se paraba en dos patas para festejar, mientras la cadena le apretaba fuertemente el gañote. Muchas veces su amo, se acercaba con un plato de comida y cuando se encontraba a solo unos pasos, giraba sobre sus talones y regresaba a la casa con una risita burlona. Estos actos de crueldad, comenzaron a gestar lentamente un resentimiento por parte del perro hacia sus amos, se estaba cansando. En realidad, se había cansado hacía tiempo de la vida miserable que le hacían pasar, de los malos tratos, de la escasa comida, de los golpes, de la cadena. Como se ha dicho anteriormente, el perro contaba con una inteligencia extraordinaria y, como todo buen perro que se precie de serlo, vigilaba todos los movimientos de sus amos, a pesar de estar en el patio del fondo y no poder compartir de cerca la vida con ellos. Conocía todos y cada uno de sus secretos y costumbres, los de ambos. Hasta los que ni ellos mismos sabían del otro. El perro sabía todo, hasta cuando su amo movía una ceja o su dueña se rascaba la nariz. Había estudiado todas y cada una de las conductas de ambos. También sabía que esa estúpida cadena que le abrazaba el cuello podía ser cortada cuando quisiera, y que, si no lo había hecho hasta el momento, era por esa pequeña chispa que aun yacía en su corazón, pero que estaba a punto de extinguirse. La sed de venganza del perro comenzaba a envenenarle las venas y el corazón, y poco faltaba para que este último se ennegreciera como una noche en la que la luna no asoma. Y como toda cadena de la que se tira constantemente se corta, la paciencia del perro se acabó el día que, ante una nueva muestra de cariño por su parte, recibió un palazo a traición en el lomo y otro en el hocico. Estaba decido, sabía a qué hora exacta se acercaba cada uno, ya fuera para buscar algo en el galponcito del fondo, para regar las plantas o lo que fuera. Así que, una tarde en la que el matrimonio estaba en el patio, cada cual abocado a una tarea, el perro cortó la cadena…

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